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PostHeaderIcon Amarra a la abuelita!

Desde que llegué a Panamá hace menos de una semana, no paro de revivir anécdotas del año pasado. Hubo miles, pero como esta, ninguna. Fue el viaje en taxi más raro de toda mi vida. Recién llegados a la ciudad de Panamá, Fernando y yo nos alojamos unos días en un apartamento en San Francisco. Y esa mañana, un taxi nos ofreció llevarnos (sí, en Panamá es al revés) y subimos. El auto estaba en mal estado, pero lo bueno era que habíamos podido conseguir taxi bastante rápido.
Hicimos dos cuadras y nos quedamos atrapados en un tranque, en una calle de doble mano y en curva. Poco pareció importarle al taxista, quien se mandó contramano sin dejar de tocar bocina mientras murmuraba cosas imposibles de reproducir. Fer me miró con cara de “ahora sí que nos vamos a matar!”, mientras salimos a una avenida, sobre la cual debíamos tomar a la izquierda. El tránsito también estaba frenado, pero el taxista, sin dudarlo, avanzó y quedó atravesado en la mano contraria esperando que se haga lugar para ingresar al carril. Un camión venía de frente sobre la izquierda (yo estaba sentado a la derecha, gracias a Dios) y frenó pegado a la ventana de Fernando y no paraba de tocar bocina. “Deja de pitar, jo’puta!” le gritaba el taxista al conductor del camión, mientras yo no paraba de transpirar, ya que la falta de aire y el calor de Panamá no son compatibles. Fer todavía estaba blanco agradeciendo no terminar pegado al radiador del camión.
En unos segundos que parecieron horas, ya habíamos ingresado al carril que nos correspondía mientras en taxista seguía gritando “no hay respeto por nadie aquí!” y de repente cruzó otra vez a la mano contraria para ir a una estación de servicio mientras nos decía “hermano, cargo unos dolaritos de gasolina y seguimos!”.
Fer y yo no hablábamos. Pasaban muchas cosas que no podíamos procesar.
La estación de servicio tenía un pequeño declive y cuando el taxista bajó el auto se empezó a mover. Por suerte se dio cuenta rápido y puso el freno de mano, que no sirvió de mucho, por lo que se tuvo que quedar contra la puerta, teniendo el auto para que se quede quieto, un pie afuera y uno adentro al grito de “Mussshaashooo, me cargas cuatro dolaritos???”. Fer habló por primera vez y me dijo “este pibe está limado”.
Ya estábamos nuevamente en la avenida y en una esquina un señor llama al taxi y frenamos. Se sube una viejita en el asiento delantero… de ¡nuestro taxi!. Sí señor, en Panamá los taxis se comparten. Pero qué bueno hubiera sido saberlo antes.
La abuelita tardó una eternidad en subirse al taxi, con la ayuda del señor. “Va para la transísmica, al seguro social”, fue la orden del señor al taxista. La abuelita debía medir poco más de 1,40m. y al terminar de acomodarse, el señor le dice al taxista “amarra a la abuelita, amárrala!”, jajajaja! El detalle de la altura fue para que se imaginen que el cinturón de seguridad le cruzaba la cara en lugar del pecho. No terminó de arrancar el auto, que la abuelita se sacó el cinturón y se lo puso por detrás de la cabeza.
Depués frenamos en un semáforo, cuando un joven que estaba parado en la esquina, le preguntó “va por la Balboa?”. “sí, voy para allá”, le contestó el taxista, y se dio vuelta para mirarme. Lo miré haciéndole un gesto como diciendo “dónde querés que me meta?”. Además, yo ya estaba pensando en tirar esa camisa que me había puesto, creía que estaba arruinada por completo. Dios se apiadó de nosotros y no subió nadie más al taxi hasta que nos bajamos a tres cuadras de donde íbamos porque el taxista no sabía llegar.
Luego de un par de minutos recuperamos el color, dejamos de transpirar y empezamos a disfrutar de Panamá como corresponde. Ayala vida!!!

Mira mi licuado de banana!